¿Qué sentido tiene que se queden las mujeres en la iglesia católica?

Hace un año exactamente tuve la oportunidad de darle vida al proyecto de Women’s Ordination Conference, Escuchando a las Mujeres (EALM); una iniciativa que buscaba recopilar las experiencias de las Latinas dentro de la iglesia católicas en los EE. UU. Cuando vi la vacante, pensé que era la respuesta a la pregunta que tantas veces le había hecho a Dios. Queria saber si estaba enojado conmigo.

 

Desde muy joven había tenido una relación conflictiva con Dios. Por un lado crecí en un país cristiano y en una familia tradicionalmente católica. Mi madre y mi abuela, aunque no iban todos los domingos a la iglesia, eran muy creyentes. Luego, mi madre encontró refugio en otra fe cristiana en la cual ella se involucró mucho más con asistencia y participación regular. Nuestra fe nos decía que la mujer tenía un lugar en el hogar y en la sociedad. La mujer es la ayuda idónea del hombre. La mujer cuida, es temerosa de Dios, da buen ejemplo, da alegría y orgullo a su marido, se casa solo una vez y solo se entrega a un hombre. La mujer pertenece a lo privado y no lidera. Apoya pero nunca lidera. Aunque esto último no fue una enseñanza explícita (nunca lo escuche en ninguna misa o predica cristiana), es una enseñanza implícita, normalizada e incuestionable dentro de la iglesia y nuestra sociedad. 

Al mismo tiempo, crecí en una familia de mujeres al mando, y no por elección sino por obligación, por la mera necesidad de sobrevivir.  Al ser la mayor de seis hijos, mi madre tuvo que trabajar desde muy pequeña para mantener a su familia. Mi abuela sobrevivió muchos años de violencia domestica y mi madre desde muy niña fue testigo de la misma. Sus relaciones amorosas estuvieron marcadas por la desconfianza y el dolor que deja haber crecido en la violencia. Fue madre soltera, una mujer fuerte, independiente, valiente y trabajadora.  Pero eso no le alcanzó para potencializar sus capacidades, por que sus oportunidades de crecimiento profesional y económico se vieron limitadas, y ahora entiendo que fue por ser mujer. Ella no quería que yo pasara por eso, por lo que, contrario a lo que dice la iglesia, me empoderó para encargarme de mi propia vida, conocer mi cuerpo, tomar decisiones responsables sobre mi salud sexual e invirtió en mi educación para tener una vida "decente".

Para mi, era muy difícil reconciliar las realidades de las mujeres que veía en mi mundo con las expectativas sociales y religiosas de lo que una mujer debía ser y hacer. Dude de la existencia de Dios, me enojé y me sentí culpable una y otra vez por preguntarme como un ser que es la mismísima representación del amor, el poder y la bondad, limita las capacidades que él mismo nos dio y nos juzga cuando las usamos. Me sentía culpable por cuestionarle, por alzar mi voz ante las injusticias de su iglesia, por hablar en contra de ella  y llamar a otras mujeres a romper con el vínculo sagrado del matrimonio para salvar sus vidas y las de sus hijas e hijos. Sentí, por muchos años, que Él estaba enojado conmigo. Me sentía hipócrita por querer los beneficios de su amor, mientras cuestionaba que su imagen en mi cabeza fuera masculina, celosa y opresora. 

EALM le dio voz a Dios en mi vida, porque a través de otras mujeres, Dios me habló. Le escuche en las voces de cientos de mujeres que como mi madre, mi abuela y como yo, le creen porque han experimentado la paz de su presencia, pero que al mismo tiempo lidian con una lucha interna para entender por qué los supuestos designados para liderar su causa y promover su palabra, las excluyen y discriminan. Junto a ellas descubrí que Dios y la iglesia no son la misma cosa, que nuestras preguntas son legítimas y bien fundadas, y que estamos llamadas a cuestionar las decisiones y las posturas de las instituciones que representan nuestra fe cuando las mismas son injustas y contrarias al verdadero amor y la voluntad de Dios. 

Cuando empecé a trabajar en este proyecto, varias de mis amigas cercanas, que ya se han retirado de la iglesia, cuestionaban el impacto de la iniciativa argumentando que la naturaleza patriarcal de la iglesia y la corrupción de sus instituciones era tan profunda que no podía ser transformada y que, por el contrario, validar la fe de las mujeres podría perpetuar la aceptación de las normas religiosas que contribuyen a la violencia, el silenciamiento, la culpa y la vergüenza de las mujeres. Ellas me preguntaban: “¿Qué sentido tiene que se queden las mujeres en la iglesia católica?” 

La respuesta todavía no es 100% clara para mi. Sin embargo, los resultados de EALM nos muestran que las mujeres se quedan en la iglesia por diferentes razones. La principal es que ser católicas, sea por tradición o convicción, es parte de su identidad. Muchas encuentran en la iglesia sentido de pertenencia y fortalecen su fe a través de sus prácticas espirituales. A otras, les da propósito y sentido de paz, justicia y misericordia. Y para algunas, simplemente dejar la iglesia significa renunciar a la idea del único Dios que conocen. Cualquiera que sea el caso, identificarse con la fe católica o cualquier otra fe cristiana, no significa la validación o complicidad con los actos discriminatorios y abusivos de la institución. EALM tambien me mostró que no somos ciegas ante la disfuncionalidad de la Iglesia Católica como institución (principalmente debido a problemas de abuso sexual de menores, la exclusión de las mujeres de puestos de autoridad y supervisión, y las limitaciones impuestas a ellas para explotar sus dones al servicio de la iglesia). Es un hecho que ser mujeres de fe en Cristo no limita nuestra capacidad de cuestionar las posturas y acciones de las instituciones que nos representan. Por el contrario, continuar siendo parte de esta, reconociendo su influencia en el mundo occidental, podría ser un acto de rebeldía para exigir su transformación desde adentro. 

Justamente este es el llamado que queremos hacer a las mujeres católicas. La iglesia católica es una de las instituciones religiosas más relevantes, poderosas e influyentes del mundo. Por lo tanto, que las mujeres católicas tomen acciones para hacer de la iglesia una institución justa, transparente e inclusiva, es imperativo! Joan Chittister, explica en su libro “The Time is Now” que la invitación a seguir a Jesús realmente es un llamado a la participación activa en la mejora de un mundo que tiende a ir en la dirección incorrecta. Como Jesús lo hizo, nosotras debemos señalar las injusticias y oponernos a toda práctica de opresión incluyendo el racismo, el machismo y la esclavitud en cualquiera de sus formas. 

Como seguidoras de Cristo, nuestra fe está puesta en Dios, no en el sistema. Por ende, si el sistema no representa la bondad, igualdad y justicia de Dios, somos nosotras, las mujeres católicas, quienes estamos llamadas a hacer algo al respecto. 

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Women's Ordination Conference